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No es un castillo de naipes
Fernando G. Urbaneja
EL Estatuto catalán trata de evitar la Hacienda estatal, la Hacienda española. Eso no significa un acta de defunción de la misma, que hoy es
suficientemente fuerte y solvente como para resistir éste y otros desafíos peores. El Estatuto, tal y como está planteado, es un error. No tiene
encaje ni operativo ni institucional, pero tampoco es el fin del mundo ni el fin de la Hacienda española.
Este Estatuto no va a pasar, y si pasara, por extravío de quien lo tolere, no sería eficaz. Cataluña necesita más de la solidaridad efectiva
española y europea que al revés. Otra cuestión es que empachados de emociones nacionalistas, algunos catalanes no se enteren de la realidad.
La Hacienda española tiene una base, una experiencia y una trayectoria tan sólida, que el secesionismo catalán ni la debilita ni la amanaza. Cabe
un modelo de responsabilidad fiscal con espacio amplio para haciendas regionales; así debe ser, pero en ningún caso la Constitución tolera el fin
de la Hacienda estatal. Algo de eso ocurrió cuando se volvió a aceptar el hecho foral. Entonces se pretendió satisfacer las aspiraciones vascas
y superar el conflicto terrorista. No sirvió e incluso puede que agudizara el problema. En el caso catalán conviene tener muy en cuenta esa
lección.
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El contribuyente catalán, sí
Carlos R. BRAUN
En la medida en que el Estatuto catalán apunta a la independencia, amenaza al Ministerio de Hacienda, igual que a todas las demás instituciones
españolas que incluyan a Cataluña como parte de la nación. Ese ministerio y esas instituciones son importantes, pero más importantes son los ciudadanos,
su libertad y sus bienes. Y por ello cabe abrigar temores ante la suerte de los catalanes, en nombre de los cuales —¡y a espaldas de los cuales!— los
políticos nacionalistas e izquierdistas han montado el desaguisado de la mano de Rodríguez Zapatero, antes Bambi, hoy Atila.
No hay nada en el Estatuto catalán que propicie una reducción de impuestos y, al contrario, numerosos capítulos sugieren que el poder político que
se procura diseñar aumentará sus incursiones virtualmente sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos de Cataluña, los impuestos, faltaría
más, incluidos. Las jeremiadas, el victimismo, la sensiblería, el populismo, el falso amor a la patria, se traducen en más poder para el poder y
menos libertad para el súbdito. No deberían los contribuyentes catalanes celebrar la pretensión de «disfrutar» de una Agencia Tributaria propia, cuando
lo que se les puede venir encima quizá resulte incluso peor que lo hay ahora.
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